Un recuerdo del Tour de Francia

En julio de 1987 fui a pasar el verano a casa de mis tíos, Mikel Jauregi y Lilianne Cordobes y sus hijos, o sea mis primos, Loïc y Joana, a Sara, la cuna del euskera labortano. Vivían en una casa que pertenecía a una école maternelle (escuela primaria) donde mi tía era la maestra y mi tío preparaba la comida para los niños. Recuerdo las peleas con mi primo Loïc, los saltamontes gigantes que parecían auténticas mantis religiosa y que mi tío mataba con sus zapatillas de andar por casa, la gallina que mi primo y yo secuestramos de la casa de al lado y que mi tía nos obligó a devolver, las primeras palabras que chapurreé en francés junto a mi prima Joana, las piscinas de Sara a las que íbamos a ver a Sophie, la niña que volvía loco a mi primo y a mí un poco también.

Mi tío y yo pasábamos aquellas tardes de julio plantados delante de la tele viendo el Tour de Francia. De mi tío se me pegó su afición por el ciclismo y la manía ansiosa de hacer ruido (crack-crack) al mover o estirar las articulaciones de los dedos. A él le gustaban los corredores de casa, Fede Etxabe (que aquel mismo año ganó en la mítica cima Alpe D’Huez) y, sobre todo, Marino Lejarreta. A mí me fascinaba Perico Delgado que aquel año le disputó la victoria hasta el final al corredor irlandés Stephen Roche.

Todo esto me ha venido a la cabeza cuando me he enterado de la muerte a los 50 años por cáncer del ciclista parisiense Laurent Fignon. De aquel año recuerdo una etapa en la que se escapó con Anselmo Fuerte y que en la meta cuando Anselmo levantaba los brazos, Fignon se le coló por dentro y le arrebató la victoria. A Laurent Fignon no lo vi correr mucho pero siempre recordaré su fiereza, su orgullo, su mala hostia. De aquella etapa me quedé con el recuerdo de que Perico era virtual líder hasta que Roche se pegó la pechada remontando, le tuvieron que dar oxígeno en la meta pero mantuvo el jersey amarillo. La victoria aquella de Fignon fue el símbolo de que no tienes nada ganado hasta que no cruces la línea de meta.  Aquí está la foto de esa gran victoria, el pobre Anselmo aparece cagándose en sus muertos. No me extraña, creyó que tenía la etapa en el bolsillo… pero no fue así.

Y durante años seguí siendo fiel al ciclismo y al igual que mi tío Mikel, empecé a admirar también a Marino Lejarreta, justo antes de la eclosión de Miguel Indurain, y después también, o incluso más aún. Siempre me pareció admirable su regularidad, que no se arrugara nunca. Como Fignon, Marino Lejarreta nunca dio nada por perdido. Resistió y ganó.

No volví nunca más a Sare porque ellos se fueron a vivir a Ustaritz y a Saint Jean de Luz. De Sophie tampoco supe nada, igual hoy es la encargada de la oficina de turismo del pueblo y es madre de tres hijos. O igual se mudó a París y puede que me la cruzara por la calle y nos quedáramos un rato mirándonos sin atrevernos a decirnos nada como creo que le pasa (o al menos recuerdo que así era) al protagonista del libro de Seve Calleja Hain da triste la vie du touriste (Es tan triste la vida de turista)…

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