Luis García Berlanga

La muerte ayer en Madrid de Luis García Berlanga (nacido en Valencia el 12 de junio de 1921) deja huérfano al mundo del cine que se queda sin aquel que mejor supo retratar la sociedad española durante la segunda mitad del siglo XX. Repasamos su trayectoria con este texto cojonudamente escrito por Álvaro Fierro, colaborador de Ruta66 y Mondosonoro. Esta es su primera colaboración en este blog, esperemos que sea la primera de muchas:

¿Es el Berlanguismo un Humanismo?

Al igual que otros grandes del celuloide, como Billy Wilder, Luis García Berlanga tejió a lo largo de sus diecisiete films una maraña de sátira y mordacidad contemporánea a su época, vitriolo que trajo de cabeza a los censores en una sociedad apostólica y romana.

“Berlanga no es un comunista, mucho peor: es un mal español”. La descripción del autor levantino en boca del generalísimo supone el peor insulto otorgado por el régimen a uno de sus compatriotas. Y si ésta, además, se vincula con las artes, y por ende, está sujeto a la exposición pública, peor que peor. Así, las tijeras franquistas se mantuvieron afiladas desde el primer ataque, verbal o pictórico, sobre alguien que hizo de la ironía y de la compasión un arma para la dictadura, una alternativa a la resistencia, más hiriente que las herramientas de guerra de los maquis. Pero Berlanga, que paradójicamente- o irónicamente- luchó en la División Azul (pero también en el bando republicano) durante la contienda, más que querer derrocar al Gobierno, mostraba pasivamente una particular óptica a base de retazos de una dura y sórdida realidad, tan cotidiana como cierta. Con la inestimable ayuda de Rafael Azcona, guionista por excelencia de nuestro pretérito costumbrismo gris, Berlanga inoculó a ese paisaje del inteligente revulsivo que necesitaban mostrar.

Si bien es cierto que mantuvo una filmografía irregular, obras maestras del calibre de Plácido (1961) o El Verdugo (1963) dieron fe de las intenciones del tándem Azcona- Berlanga, que pedaleaban juntos hacia la sátira y las contradicciones. A saber, en la primera, la limpieza de conciencia de una comunidad que por el día de Nochebuena sientan a un pobre a su mesa: la segunda, la radiografía de un país que ve con buenos ojos la pena de muerte no así al propio verdugo, al que se despreciaba. La negrura que pintaba el drama revestido de comedia, como (otros) pocos directores hacían en ese momento (Ferreri, Bardem), alcanzaba los estratos sociables más intocables. Sea Los Jueves, Milagro (1957), en colaboración con el propio J.A Bardem- y con el que debutó en Esa Pareja Feliz (1951)-donde la ignorancia de una pequeña comarca otrora turística es usada como reclamo religioso, mediante la recreación de apariciones celestiales, o el rechazo de la comunidad internacional a España en Bienvenido Mr. Marshall (1952), mostraron al Berlanga más lúcido. Novio a la Vista (1953), o el esperpento de la élite nacional de principios del siglo pasado, que es perfectamente extrapolable a tiempos más inmediatos, no justifican dejar en el tintero films que, sin esa acidez, resultan de lo más íntimo creado por su autor, como Calabuch (1956).

No hubo etapa en la vida española exprimida con tanto jugo como la que vino tras la muerte de Franco. La transición, y concretamente, la situación de la burguesía pro régimen en tierra de nadie al tener que adaptarse, con disimulo, a los nuevos vientos políticos. Limpiamente llegaron a la cartelera títulos explícitos como los que componen la trilogía La Escopeta Nacional (1978), Patrimonio Nacional (1980) y Nacional III (1982), que abordaban como pocas películas osaron, el incipiente paso a la democracia. De su paso por Argentina destaca una obra menor. La Boutique (1967), que, a falta de presiones acostumbradas, corroboraba el mérito de un hombre que supo colar un lenguaje propio, no apto para las miopes lentes del censor. La Vaquilla (1986), Moros y Cristianos (1986) o la más destacable de las tres, Todos a la Cárcel (1993) confirmaron el flaqueo de alguien que no sabía que hacer sin la losa del régimen.

Todas las miserias humanas vistas a través de una narración ágil, fluida. Esta podría ser la máxima del cine berlanguiano, que sin la cortina de humo-r- le llevó por derroteros más oscuros, menos comedidos. Ahí está Tamaño Natural (1973) o su despedida al cine, París- Tombuctú (1999), donde Michel Piccoli, en una suerte de alter ego, no deja lugar a la esperanza en la soledad del hombre maduro.

Resulta pues curioso que la era de mayor inspiración de Berlanga se situara en plena represión política. Los momentos de consolidación de las nuevas normas económicas- y la ortodoxia religiosa- impuestas a rajatabla tras la reconstrucción de un cadáver en forma de nación post guerra civil no resultaban propicios para disentir. Los artistas tenían la imagen, la palabra o la voz para despertar una conciencia social demasiado temerosa con sus propios problemas para poder permitirse el lujo de pensar por sí mismas. Ver ahora su cine, con las barreras que el paso del tiempo levanta tácitamente en nuestra retina, confirma la vigencia atemporal de un testigo de lo mejor y lo peor de la condición humana que a España le tocó (sobre) vivir.

Álvaro Fierro.

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8 pensamientos en “Luis García Berlanga

  1. Yo conocí a Luis en los viajes de Bocaccio, era encantador, le gustaba llevarme a ver películas pornográficas; decía que mi apellido ORAA era surrealista.
    Ya hace años que no le veia pero guardo un gran recuerdo de él, además de que le considero un genio.
    Era muy humilde.

  2. Pingback: El Festival de Málaga según Ibarretxe « Bilbao Me Mata

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