Concierto de Dominique A en el Kafe Antzokia

dominique A

Anoche fui con unos amigos a ver el concierto de Dominique A en el Kafe Antzokia. A pesar de que fuera miércoles y de la persistente lluvia, hubo mucha gente que se acercó a ver al cantante francés; por supuesto gente de Bilbao (al final nos conocemos todos) pero también bastantes franceses que estaban de paso y que pedían con insistencia canciones antiguas (un tipo a nuestro lado, gritaba como un descosido al final de cada tema: “¡Boris!, ¡Boris!”… Ni mis amigos ni yo acertamos a adivinar de qué canción se trataba), a lo que Dominique A respondía, con diplomacia y en perfecto castellano, que no.

Nunca te había dicho / pero nosotros somos inmortales / ¿por qué te marchaste… / antes de que te lo contara? Es el estribillo de la canción, Immortels, uno de los grandes temas pop de uno de sus mejores discos, La Musique (2009). Hasta entonces, Dominique A había ofrecido principalmente un repertorio de rock, en la línea existencialista de los Noir Désir, en los temas de Contre un arbre o Le Sens, y en una onda más intimista en Vers le bleu. Luego vinieron también Hasta que el cuerpo aguante, la historia del tío más crápula del mundo, y la reivindicativa y social Rendez-nous la lumière de su último disco Vers les lueurs (2012).

No suele ser muy habitual poder ver a artistas franceses de primera fila en Bilbao. Solo me viene a la memoria una actuación de la también actriz (y musa de la nouvelle vague del cine francés) Anna Karina y de Philippe Katerine durante el Zinebi del 2003. Anoche tuvimos la ocasión de descubrir a Dominique A y, a juzgar por la buena recepción que tuvo el concierto, muchos esperamos que puedan venir otros como Benjamin Biolay, Keren Ann, Coralie Clément, Vincent Delerm, Benabar o Thomas Fersen; todos ellos pertenecientes a la chanson française (etiqueta que para resumir diremos que es música de variedades pero con buen gusto) y todos ellos admiradores de Dominique A.

Inauguración del Evidence

Con la que está cayendo y van Pablo Almaraz, Manu Iturregi y Gorka Mirantes y abren un bar. Se trata del Evidence en la calle Barrainkua número 12 y fue inaugurado el 12 del 12 del 2012 a las 12:00. Pero no solo es un bar, ya que al tener licencia de café-teatro, también es una sala en la que se ofrecen actuaciones musicales, exposiciones y proyecciones; además se sirven pintxos y se preparan los mejores gintonics de Bilbao. O de los mejores… Tampoco conviene exagerar.

La tradición le viene del Residence, bar situado en la misma calle y propiedad de Manu Iturregi, donde, desde hace más de 10 años, ha ido desplegando su saber hacer en la preparación de combinados, en la degustación de los mejores whiskies y en dejarse la barba al estilo de Tomás de Zumalacárregui. Pero al contrario que el famoso general carlista, nuestro Manuel de Iturregui, sí que ha conquistado Bilbao. O por lo menos, la calle Barrainkua.

Aparte de las bebidas espirituosas, que diría Juan Bas, lo mejor del Evidence es la música en directo. Están los músicos regulares como Edu Basterra (Teddy Baxter), Pablo Almaraz, Luis Arroyo (ex Boogie Punker, además de autor de la foto de arriba y diseñador del local), Yahvé De La Cavada o Israel Santamaría, y todos los fines de semana viene algún artista de fuera. Sin ir más lejos, este jueves por la noche tocará Malcolm Scarpa en el Evidence, el mediodía del sábado lo hará en el Residence y luego acompañará a los residentes arriba nombrados en las habituales Jam de los sábados por la noche en el Evi. Que la fuerza le acompañe a Malcolm.

También hay que destacar las sesiones de DJ’s. Recuerdo estas navidades la sesión de Sara Íñiguez (ex cantante de Rubia y de Magic Teapot) y de Diego Mirantes Didi. Allí se dejó ver Carlos Tarque, líder de la banda MClan, que había tocado previamente en el Kafe Antzokia  Y bueno, que me aspen si aquello no fue un fiestón.

La calle Barrainkua era una de las calles más anodinas de Abando hasta que Erik, un aventurero durangotarra que decidió probar suerte y montar un gimnasio en la República de Cabo Verde de África le traspasó el Residence a Manu (que también es músico)… Y este fue el principio de toda esta historia.

Diario de un festival: Una noche irrepetible

El pasado jueves 22 de noviembre tuve el inmenso placer de presentar el documental La Otxoa, sin complejos en el auditorio del Museo Guggenheim dentro de la sección Miradas desde Euskadi del festival Zinebi.

Fue una noche irrepetible. La sala estaba a reventar y hubo incluso quien se quedó fuera y no pudo verlo. Desde aquí mi más sincera disculpa a esta gente. Prometo que la próxima vez que lo proyectemos (espero que muy pronto), ellos serán los primeros en entrar en la sesión.

Comenzamos el rodaje de La Otxoa, sin complejos un lejano 17 de agosto de 2009. No ha sido sencillo terminar; es más, durante dos largos años parecía que la película nunca se haría. Pero si algo hemos aprendido es que las películas tienen su timing, su momento. Había que dejar pasar un tiempo (tampoco mucho para que no se enfriara demasiado) y después rematar bien el trabajo. Yo nunca perdí la esperanza con este proyecto. Never give up! como decía uno de los personajes de la gran comedia italiana Reality (Matteo Garrone, 2012).

Pero bueno en esos dos años (2010 y 2011), menos hacer el documental, he hecho de todo: participar en un montón de cosas y adquirir una experiencia importante. Empecé a escribir con Asier Guerricaechebarria mi primer guión de ficción, Eskorbuto; trabajé en el rodaje de Un mundo casi perfecto de los Hermanos Ibarretxe y también en Misión Lipdub, un programa de televisión, un talent show, que concebimos y desarrollamos en la productora Armonika Eduardo Carneros, María Maestre, el propio Asier y un servidor. Después, en el 2011, estuve de ayudante de producción en el telefilm La Conspiración de Pedro Olea, producido por IDEM4. Y es en esta misma productora en la que he estado desde entonces hasta ahora para terminar La Otxoa…

A todos los que habéis contribuido a terminar este documental os quiero dar las gracias. Sobre todo a José Antonio Nielfa, La Otxoa, por su ayuda y disposición. A Marina Paugam y Jean-Michel Rodrigo de Mecanos Productions, por todos sus buenos consejos, al paciente y profesional equipo técnico, al equipo de IDEM4, a las televisiones (ETB, TVE y TLT), y a las instituciones como el Gobierno Vasco, el Ministerio de Cultura francés y la Procirep. A todos: Eskerrik asko, merci beaucoup.

¡Qué razón tenía Barry!

El post número 100 de este blog, Bilbao Me Mata, está consagrado a la edición del documental “La Otxoa, vivir sin complejos“. Precisamente esta noche actúa Jose Antonio Nielfa La Otxoa, en las fiestas de Bilbao, pero no podré asistir ya que Marina Paugam y yo estamos a tope con la edición, en Ivry-sur-Seine, al sur de París, en donde los de Mecanos Productions tienen montado su estación de montaje, como ellos lo llaman. Lo estamos editando aquí porque se trata de una coproducción con Francia y porque también la película gana mucho al aportar la visión de alguien exterior que no tenga ningún apriori sobre la vida de La Otxoa… Como ya pasó con Zu zara nagusia, el que una persona proveniente de fuera de Bilbao, Bizkaia estuviera aportando su punto de vista creo que enriqueció la producción y le dio la oportunidad de salir fuera: de buscar un público más internacional.

La edición es el momento ese del proceso de producción en que la película nace. Eso es lo bonito. ¡Qué nacimiento no lo es! He leído un montón de gente decir esto muchas veces: la película se construye en la sala de edición. Y tienen razón, pero también es cierto que si no tienes ni buenas imágenes, ni buenas secuencias rodadas, estás listo. Y que va a ser difícil construir nada, a partir de nada. Como decía el maestro Barry Hampe, “there is no substitute for good footage”. No hay nada que remplace el buen material. No he visto ninguno de los documentales dirigidos por el maestro, pero me he leído su “Making Documentary Films and Videos” de Pe a Pa. Y debo decir, que en la realización de documentales, todo lo malo que él dice te puede pasar; si no pones atención suficiente, si no vigilas o si no tienes ni idea, te pasa.

En la edición no hay vuelta atrás,… la película se va convirtiendo en una especie de ente, en una cosa que cobra vida e incluso te habla y te dice cosas como: “mira qué suerte has tenido con esto”, “Mira qué mal planificaste aquello”,… A veces una de las secuencias que creías imprescindible para explicar tu propósito, no sirve. En esas ocasiones lo que tienes delante de ti en el timeline te dice: “esto no es de esta película”. Y te quedas pegado. Es absurdo, pero es como la vida misma. Editando un documental nunca sabes qué es lo que puede venir después.

Dicho esto, creo que “La Otxoa, vivir sin complejos“, está quedando muy bien (¡Qué puedo decir yo!), Espero que entretenga, que ilustre y que emocione. A nosotros nos está pasando un poco, pero no somos objetivos puesto que estamos todo el día encerrados en este salón que contiene la estación de montaje, aquí en Ivry. Hay que ir a preguntárselo al espectador cuando la película esté terminada. Espero que sea muy pronto y que guste.

Boston, Harvard y Will Hunting

Al parecer, tal y como aparece publicado en El PAIS de hoy, se está preparando el remake televisivo de la serie Cheers que será dirigido por Manuel Gómez Pereira y protagonizado por, entre otros, Antonio Resines y Alberto San Juan.

La serie original fue un éxito en todo el mundo y, tal como escribe la periodista Elsa Fernández-Santos, “(Cheers fue) un bar que se convirtió en un icono de la vida americana, de Boston (la capital de Massachussets) y de la buena sintonía”.

Puede que siga existiendo aún aquel Boston entrañable de Cheers, de su equipo de baseball legendario, los Red Sox, de su Fenway Park o del recuerdo nostálgico de aquel inolvidable pabellón, el Boston Garden, derribado en 1997, en el que un 20 de Abril de 1986, Michael Jordan metió 63 puntos y Larry Bird dijo aquello de: “Esta noche Dios se ha disfrazado de Michael Jordan”… Puede.

Pero lo que, sin duda sigue existiendo, en las antípodas del humanismo y la solidaridad que transmitía la serie de TV, tiene que ver con los designios actuales de la política económica de los Estados Unidos y con su cultura imperante. Basta con cruzar los 300 metros del puente que separa Boston de Cambridge para darse cuenta: aquí se encuentra el campus de la Universidad de Harvard (donde estudió gente buena como John Fitzgerald Kennedy o Barack Obama pero también gente mala como los mandamases actuales de Wall Street o un tal Mark Zuckerberg, fundador de facebook, que no sabemos muy bien si es bueno o si es malo), y el MIT (Massachussets Institute of Technology) por cuyas aulas y laboratorios han pasado más de 75 ganadores del Premio Nobel.

Hay una secuencia muy significativa de la película Good Will Hunting (Gus Van Sant, 1997) en la que el protagonista Will (Matt Damon), un obrero procedente de la zona más desfavorecida de Boston (el Southie) y que friega suelos en el MIT, defiende a su mejor amigo Chuckie (Ben Affleck) ante un pedante estudiante de historia de Harvard. Como podrán ver, el rifi-rafe termina con el pijo diciendo: “Sí, pero yo terminaré ganando un montón de pasta y tú servirás patatas fritas a mis hijos”:

Esta secuencia siempre me ha parecido un poco excesiva, demasiado artificial, un poco sacada de tiesto. Pero es que Boston, en particular, y Estados Unidos en general, son así; los valores predominantes del dinero y la posición social siguen vigentes hoy en día.

Casi 20 años después del final de Cheers y casi 15 desde Good Will Hunting, y la verdad es que no estamos mejor sino mucho peor.

Habrá que empezar a cambiar las cosas.

Bien, ¿por dónde empezamos?

Boston, Frederick Wiseman y Cheers

Tengo un primo lejano de Tampico, Mexico que ahora mismo está viviendo en Boston, Massachussets, de profesión Cirujano-Doctor y de nombre Antonio De Gorordo que me ha invitado a pasar unas semanas con él en la ciudad de los Celtics, los Patriots, los Red Sox y la de Frederick Wiseman, tal vez, el más importante documentalista vivo del mundo… o por lo menos de América, lo que equivale a decir que del mundo también.

Llegué a Boston con la idea de: a. descansar y b. pasármelo bien. No creo que se pueda pedir más a unas vacaciones. Aún así, en mi fuero interno, pensaba que podría hacer algún contacto del mundo del cine para una co-producción internacional o toparme con Wiseman (que nació aquí y estudió en Harvard aunque viva, hoy en día, en París) por Marlborough Street y que después de una corta conversación me invitara a participar en su próximo proyecto. Siempre piensas que alguien así te descubrirá algún día, que verá en tus ojos lo buen director o productor que podrías llegar a ser… Pero eso no suele pasar. Tampoco en América.

Mi amigo parisino Joachim Lepastier (en cuestiones cinéfilas, el Asier Guerricaechebarria francés) define como “365 jours ouvrables” (365 días laborables), la vida de aquellos que no podemos desconectar del trabajo ni un solo día de todos los que tiene el año.

En Boston, sin embargo, no se encuentra el epicentro del mundo del cine. Aunque se hayan rodado muchas buenas películas aquí últimamente (The Company Men de John Wells, The Town y Gone baby gone de Ben Affleck The Departed de Martin Scorsese), la industria está más centrada en New York y en Los Ángeles.

Puede que Boston no sea el epicentro del mundo del cine, vale,… pero está Cheers. El otro día estuve con mi primo Antonio en el bar en el que se inspiró la mítica serie. Cheers (brindis en inglés) es un bar al que un grupo de bostonianos van a contar sus penas, a reir y a olvidar sus problemas: Cheers es su segunda casa, su refugio. Al final, como dice la canción where everybody knows your name, todos los problemas son los mismos y todas las personas somos iguales.

Salvando las enormes distancias, en el documental Zu zara nagusia, en el que mostrábamos una cuadrilla de amigos que se desvivía cada domingo yendo a ver los partidos del equipo de sus amores, el Athletic, al bar Bikandi del Casco Viejo, había una clara influencia de Cheers.

No lo supe hasta que fui a Beacon Street y ví aquellos carteles de los Red Sox, de Larry Bird, de Babe Ruth… y recordando la serie, me bebí una cerveza Samuel Adams a la salud de Sam Malone, Diane Chambers, “Coach” Ernie Pattuso, Norm Peterson…

 

Borja Dolara intentándolo

Conozco a Borja Dolara de la uni de Sarriko donde ambos estudiamos Economía, profesión que ninguno de los dos hemos ejercido. Recuerdo que el primer fin de semana después de empezar el curso, allá por septiembre de 1995, salí por Luzarra (Deusto) con los amigos de toda la vida (léase, Txus Barrio, Iker Seisdedos y Gonzalo Vidal), y ví a Dolara en las escaleras del Gaztetxe con, a su vez, sus amigos de toda la vida. Me levantó la mano en gesto de saludo cordial, algo que me sorprendió y me agradó ya que pensaba que no me iba a reconocer puesto que éramos más de 100 alumnos. Somos amigos casi desde entonces.

En el 2004 Borja regresaba a Bilbao después de una doble estancia en Londres (donde aprendió sus primeros acordes aporreando una guitarra española) y en Buenos Aires, donde empezó a tocar en la calle y llegó perfeccionando su estilo de cantautor a lo Aute, Silvio Rodríguez o, incluso, Charly García. El 11 junio de aquel año, organizamos un concierto en elBullitt, regentado entonces por el aficionado al soul y “fabricante” de la noche bilbaina, Adrián Medrano. El concierto, lleno de amigos, familiares y gente variopinta del barrio, fue bastante entrañable. Han pasado casi 7 años de aquel día y aún lo tengo muy presente, seguramente porque se trata uno de mis últimos momentos en Bilbao antes de marcharme a París. Dolara después de aquello se marchó con su sempiterna guitarra a Granada en donde estuvo hasta hace un año. Ahora, de nuevo aquí, vive en pleno corazón del casco viejo y suele cantar una vez al mes en La bodeguilla de Joserra, tasca situada en un cantón entre tendería y artecalle.

Repleta de carteles y fotos de grupos de bilbainadas (Indarra, Los Chimberos, Los Bocheros o Los Txikis), este pintoresco enclave fue el escenario de Humanos intentándolo (proyecto musical y vital de Borja) que se atrevió con versiones en euskera de Mikel Laboa, Benito Lertxundi, algún tema en inglés y hasta alguna habanera como guiño al lugar en donde nos encontrábamos. Algunos de sus mejores temas los presenta en un disco (de nombre, cuentacanciones) y en venta directa.

Al final del concierto Borja sonríe, se ha sentido muy a gusto tocando para los txikiteros. Sigue fiel a su estilo, sus canciones son como él. Dolara expone sus miedos para esconderlos mejor, muestra sus heridas para cicatrizarlas mejor. Borja Dolara sigue intentándolo.

Ricardo Goyoaga

Lamentablemente Ricardo Goyoaga (nacido y vivido en Bilbao hace 50 y muchos) no podrá ya ver la película Un mundo casi perfecto en la que aparece interpretándose a sí mismo como parroquiano en una tasca. Ricardo falleció el pasado sábado por causa de un cáncer de garganta que, últimamente, le impedía articular palabra. Es más, si quería dirigirse a alguien del equipo durante el rodaje, lo hacía a través de una libretilla y un lápiz. Y en esa libretilla siempre escribía frases lejos de toda convencionalidad, frases extravagantes, sentencias sacadas de un libro o inventadas sobre la marcha, como aquella vez que alguien se quejó por el comportamiento de otro compañero durante el rodaje y él escribió esa verdad impepinable de La Rochefoucald: “Establecemos reglas para los demás y excepciones para nosotros mismos”.

Hemos hablado con Javier Ibarretxe, productor ejecutivo de Un mundo… sobre Ricardo esta mañana. Nos lo ha descrito como alguien que poseía una vastísima cultura, representante del Bilbao de antes, uno de esos personajes chirenes que incluso montó un Club denominado Carlotita Bilbao, una especie de congregación exclusiva de personajes variopintos de la villa en la que él ejercía de maestro de ceremonias. Ricardo llegó incluso a inventarse una música y una coreografía. Al parecer se ponía de pies en una mesa, cantaba la canción y animaba el cotarro como nadie. Hombre de gran bondad siempre muy amigo de los suyos, Ricardo tenía bastante de anacrónico, como de personaje de otro tiempo. Puede apreciarse en esta foto del 2001 en la que aparece junto a Javier y junto a una amiga de ambos.

Vivía en Gardoqui y frecuentaba el bar Negro y blanco de la calle Lutxana. Yo lo veía bastante por el barrio pero no le he conocido hasta este verano. Precisamente el día 18 de agosto, el día de su cumpleaños, tres días antes de la finalización del rodaje, escribió una carta dirigida a los componentes del equipo de Un mundo casi perfecto:

Bilbao, 18-VIII-2010

“Al equipo simpático y compacto:

Es para mí, sin lugar a dudas, algo rejuvenecedor y a la vez agotador, vivir de nuevo, aunque no entero, el movidón que se monta en torno al cine, y me hace repetirme esa gran verdad que dice : “Pa’qué te quejas si te gusta”.

Tampoco hay duda de que es una afición cansada. Cuando se cumple la jornada de 11 horas (como hoy, POR EJEMPLO, es todo un lujo).

Repetirse a uno mismo en cada producción: “Yo esto no lo vuelvo a hacer vive Dios que esta es la última” es cosa inútil. Estamos muy enganchados: los más y los menos veteranos. En cuanto a los novatos se definen como infatigables y el futuro reside en sus cabezas, esponjas de las técnicas que son más veloces que sus piernas.

Un abrazo estrecho para cada uno y un beso en la ancha frente de Esteban y en la nueva perilla de Josemi, “el ilustrísimo” inventor de historias disparatadas.

Adelante, falta poco y más tarde la experiencia asciende a grados Fahrenheit y de los otros.

Salud,

El Parroquiano”.

Descanse en paz, pues.

Esteban y el KATU

Esteban Ibarretxe, director, guionista y productor de Un mundo casi perfecto, mira fijamente hacia el mercado de la Ribera mientras pega un patada al suelo de la calle de Barrencalle como para cerciorarse de que efectivamente se encuentra allí: “joder, esta calle, son tantos años ya” y resopla, como ya le he visto hacer varias veces, con la camisa empapada de sudor. Quizá no termina de creerse que una de las localizaciones más importantes de su última película sea en su bar preferido, el KATU, el bar legendario de barrenka, cuyos propietarios, Juanma, Juanmi e Iñaki siguen, como él, fieles a su estilo: rebeldes, inmumes al inevitable paso del tiempo.

El KATU abre de lunes a sábado todas las noches. Se trata del último superviviente de aquellos garitos en los que se montaban unos cristos increíbles. Como el KATU, Esteban ha vivido todo el esplendor del Barrencalle de los mejores días y ahora ha querido rendir homenaje, al bar y a la calle, rodando allí durante una semana. Pues a mi me parece muy bien.

Joseba del JK

En todas las ciudades en las que he vivido había, al menos, un bar. Pero en ningún bar del mundo en los que he estado he conocido a un camarero como Joseba Bengoetxea del JK. Joseba murió ayer víctima de un cáncer. Tenía tan sólo 40 años, y había cerrado el bar hacía más de dos años para combatir su enfermedad.

No le conocí mucho, apenas hablábamos en el JK (solía ir con los amigos los fines de semana antes de ir al Bullit o al Kafe Antzokia), él siempre estaba ahí, vistiendo camisa azul o blanca y pajarita negra, preparando con oficio los cocktails, sin prisa, artesanalmente, como debe hacerse. Me lo cruzaba por la calle alguna vez, subiendo por Hurtado Amezaga o por Euskalduna, y nos saludábamos también discretamente, un poco a la manera sobria tan suya.

Cuando dejé de vivir en Bilbao, siempre que volvía pasaba por allí (el local se encuentra a escasos 50 metros de mi casa) hasta que tuvo que cerrar el bar debido a su enfermedad y ya no pudo volver a abrirlo nunca más. 

La historia del JK es bastante legendaria: los tíos de Joseba (fallecidos ambos también, cuyos nombres no recuerdo), llegaron a Bilbao hace ya bastantes años provenientes de un caserío de Orozko. Querían dedicarse a la restauración y abrieron una cafetería de ambiente familiar. Al principio el negocio no iba mal pero la cafetería abría los mediodías y las tardes y en su clientela había muchas madres y muchos niños pequeños. Los gemelos se dieron cuenta, poco a poco, de que no habían nacido para soportar a tanto crío y un buen día cerraron la cafetería y abrieron un bar de cocktails buscando una clientela menos ruidosa: el JK.

En definitiva, el JK es un trozo de historia de mi barrio, uno de esos bares que forman parte de su arquitectura. He oído que los dueños de La Granja y del Iruña han comprado el local y al parecer van a volver a abrirlo. En fin, podrán servir Dry martinis, white russians o bloody marys de antología pero ya no será lo mismo. No sin Joseba.