Mi enemigo íntimo

Ayer vi en el museo de bellas artes de Bilbao, Mi enemigo íntimo, un documental de Werner Herzog sobre su relación con el actor Klaus Kinski a lo largo de las cinco películas que hicieron juntos. Klaus Kinski es aquel actor alemán que perdía la cabeza si le servían el café templado y del que descubrimos que tuvo la infinita suerte de que nadie le partiera la cara en uno de sus frecuentes arrebatos:

La película está repleta de anécdotas de los rodajes de Aguirre o la cólera de dios y Fitzcarraldo, sobre todo. Que Kinski fue un irascible, ego maníaco y totalmente insoportable lo sabemos muy pronto y lo mejor de la narración llega con el testimonio de la profunda admiración que siente el director hacia el actor: un ejemplo perfecto de relación amor/odio, un matrimonio de conveniencia cuyo único fin es terminar la película ya que ante todo predomina esa indiscutible verdad sobre la vida que es que: pase lo que pase, todo aquello que se empieza ha de ser terminado.

El inicio de la película es una buena idea y tiene bastante mala hostia (algo frecuente en el cine de Herzog). El propio director invade la casa de un respetable matrimonio de Munich en la que él vivió a la edad de 13 años con su familia y con otras siete personas, entre ellas Kinski. Resulta cómico cómo Herzog describe a unos atónitos anfitriones las excentricidades de Kinski como por ejemplo aquella vez en que estuvo 48 horas encerrado en el minúsculo retrete debido a un ataque de histeria. El matrimonio es adorable cuando responde con:  “Ja”, “Klar” (Sí, claro) como si la excitación de Herzog al recordar a un joven Kinski fuera con ellos. Entereza alemana.