Sobre la dimisión de Alex de la Iglesia

“Uno no se levanta un día y decide marcharse. No piensas nunca; hoy dimito. (…) La decisión ya la tenía tomada de hace algún tiempo”. No sé si son estas las palabras exactas pero con algo parecido a esto comenzaba el capítulo que mi padre, Jose Mari Gorordo, dedicó a su dimisión como Alcalde de Bilbao, en el libro autobiográfico La política de otra manera.

No es fácil dimitir. Es muy fácil irse, rehuir las responsabilidades, abandonar. Gobernar es bastante jodido, a menudo se toman decisiones impopulares pero hay que seguir. Entonces, ¿por qué se dimite? Pues no lo sé muy bien pero siempre hay que dejarlo reposar y valorarlo en su justa medida más tarde. Nunca hay que fiarse de las reacciones en caliente.

Cuando dimitió mi padre, hace ahora poco más de 20 años, se dijo que lo hacía por “discrepancias con la cúpula del PNV”. Esa fue la versión oficial que era verdad pero no lo explicaba todo.

Mi padre reclamaba con su acción un mayor gasto público en nuestra ciudad (al menos proporcional a los impuestos que pagábamos) y que se activara el sector terciario (el de servicios) como respuesta a la destrucción del tejido industrial del Nervión: de ahí el malogrado proyecto de “El cubo de la Alhóndiga“. El cubo pretendía convertirse en el referente cultural de Bilbao (proyecto conjunto con el escultor Jorge Oteiza y el arquitecto Paco Saenz de Oiza) pero al final no se hizo. Sin embargo, apenas 3 años más tarde se firmó el acuerdo con la Fundación Guggenheim para la creación de un Museo de Arte Contemporáneo en Abandoibarra.

A veces pienso, con la perspectiva del tiempo, que la dimisión de mi padre desembocó en la construcción del Guggenheim. Un poco como ocurre en la estupenda película Origen (Christopher Nolan, 2010), en la que Leonardo Di Caprio tiene el gran poder de implantar una idea en la mente de alguien. Pues bien, podría decirse que mi padre inculcó la idea de que Bilbao necesitaba imperiosamente convertirse en una ciudad de servicios, con la construcción de un gran museo.

Salvando las enormes distancias, encuentro algunas similitudes en la dimisión de Alex de la Iglesia. El pasado lunes en un artículo escrito en EL PAIS, Alex manifestaba “su desacuerdo con la Ley Sinde”. A pesar de que los que estemos en este oficio nos sintamos un tanto abandonados, creo que habrá que esperar a un futuro próximo para analizar objetivamente la decisión del director bilbaino. Puede que su dimisión desemboque en una Ley Sinde mejorada (algo por lo que Alex ha luchado infatigablemente) y tengamos unas leyes de protección del autor (y de la propiedad intelectual) dignas de ese nombre.

O puede que no, puede que tal y como alguien dice en Balada triste de trompeta, sigamos siendo un país “que no tiene remedio”.

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